Relatos cortos : La chica del bar de Nueva York

Ella no tenía nada que hacer,

acaba de llegar a esa ciudad,

esa extraña ciudad que le invitaba a pasear,

a buscar un cambio,

nuevas caras,

nuevos lugares,

pero con algo familiar,

el delicioso e inconfudible aroma de un buen café caliente,

que salía de aquel pequeño bar,

un bar de esquina,

en el que nadie se hubiera fijado al pasar,

todos menos ella,

que aún no sabía que hacer en esa extraña ciudad,

y buscaba precisamente eso,

no sentirse tan pequeña,

algún sentimiento de seguridad,

familiar,

aquel pequeño bar,

su olor,

  la sonrisa del camarero detrás de la barra,

le invitaron a entrar.

Nada más entrar escuchó eso del ¿ Qué  quiere tomar ?

un café por favor,

corta y breve respuesta para aquellos ojos que buscaban más conversación.

Había una pequeña mesa con una ventana cuyas vistas eran dignas de aprovechar,

aquella tarde sentada en aquel bar,

con aquella taza de café y un camarero que buscaba la ocasión de poder

entablar conversación,

se sintió especial,

demasiadas preguntas para una simple taza de café,

para una nueva vida en otra ciudad,

así que la chica decidió que debería volver a aquel bar,

para poderlas poco a poco contestar.

Y la chica volvió  a aquella misma mesa de preciosas vistas,

a seguir pidiendo el mismo café,

siguiendo con las ganas de hablar con aquel camarero,

cuyo café tenía aroma  y  sabor de un rico café bien preparado en casa,

a fuego lento,

con muchas ganas,

con ese toque especial de una pícara mirada,

un torpe roce de manos,

con la excusa de colocarlo en aquella sosa mesa,

mesa que el sol hacía brillar aquella mañana.

La chica sacó de su bolso una libreta,

mientras el camarero se giraba para volver a la cocina,

a partir de aquel día,

de aquella mañana soleada tras la fuerte tormenta,

cada mañana acudiría a aquel bar,

con ella ,

para poder escribir todos y cada uno de aquellos momentos,

algún día se sentarían a hablar,

y le contaría su historia,

los motivos de su viaje,

y su necesidad de escribir,

que estaba mermada,

y buscaba nuevas experiencias.

De repente,

se dió cuenta,

no sería una novela,

sería un poema,

el más bello,

delicado,

y al mismo tiempo descarado poema de amor,

que ella y él escribieran.

Aquella mañana cuando ella llegó,

él no estaba en el bar,

su corazón se sobresaltó,

al entrar y no encontrar su calmada sonrisa y ya su taza de café en la mesa preparada,

que la esperaba para ayudarle a imaginar su guión,

quisó preguntar,

pero no quería que su angustia la delatara,

pues solamente era una cliente de aquel modesto lugar,

en el que casi nadie entraba,

y a todos extrañaría su curiosidad,

no sabía nada de aquel lugar cuando llegó,

de aquel educado camarero que notaba como ella día tras día regresaba y nunca le preguntó nada,

simplemente la miraba,

y con una leve sonrisa cómplice le invitaba a volver,

le retaba a hacerlo,

a ver si era capaz de dejar la lujosa ciudad,

la gran cantidad de personas nuevas que podía conocer,

oportunidades de ver mundo y crecer,

quería ver si era capaz de cambiar todo eso,

por aquel pequeño lugar,

por esa modesta mesa de la esquina,

cuya ventana mostraba el ritmo frenético diario de la ciudad,

esos ejecutivos ,

siempre corriendo,

con uniforme y cartera bajo el brazo,

con su vaso de plástico y un café que acababan velozmente,

casi como si no importara,

no tenían tiempo para nada más que su  apretada jornada laboral,

ellos no se pararían a mirarla,

sería una nueva chica más en la ciudad,

otra escritora frustrada,

que buscando una oportunidad abandonaba todo por vivir en  ” La Gran Manzana”,

pero él se equivocó,

quiso probarla y  vió como ella regresaba,

como cada día su mirada buscaba,

se la bebía despacio,

igual que el rico café que él le preparaba,

sin conocerla,

ya la esperaba,

sin conocerla,

su ilusión adivinaba,

sin conocerla,

logró acariciarla,

que su mirada apagada,

sus poemas rotos ,

otra vez brillaran,

en dos minutos ,

desde una esquina pudo ver como su mirada,

su cuerpo,

al no verle temblaban,

se dispuso a entrar al bar,

caminó hacia la mesa,

donde ella cada día se sentaba,

hoy no tenía su taza de café,

no miraba como siempre por la ventana,

tenía la cabeza cabizbaja,

un hola rompió el silencio,

ella levantó la mirada,

y vió que estaba equivocada,

él era más que un simple camarero,

estudiaba en la universidad,

le quedaba un año para acabar la carrera,

y convertirse en otro hombre de esos corriendo,

pegado a su uniforme y su cartera,

aunque otro destino les esperaba,

a partir de aquella mañana,

ya si hubo conversación,

más lugares que compartir que aquella mesa de bar,

que para ellos tanto significaba,

nada se podía comparar a aquellos momentos,

por muchos viajes caros,

bellos lugares que contemplaran,

siempre recordarían aquel bar,

aquella mañana en la que a ella ,

triste y desorientada se le ocurrió entrar,

abriendo así algo más que la puerta de un modesto lugar,

la puerta de su felicidad,

y es que todo en Nueva York ,

puede pasar.

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